Carla Bruni
(Carla Bruni Tedeschi; Turín, Italia, 1967) Modelo y cantante
italiana. Aun siendo considerablemente rica y famosa por su carrera
profesional, su popularidad se disparó a principios de 2008
cuando contrajo matrimonio con el presidente de la República
Francesa, Nicolas Sarkozy, convirtiéndose en primera dama
del país. Pese a la polémica que suscitó el
enlace, puso todo su empeño en el correcto ejercicio de su
nuevo cargo.
Hija del compositor Alberto Bruni Tedeschi y de la reconocida pianista
Marysa Borini, su padre se convirtió en millonario en la década
de 1920 importando caucho y Carla pasó a ser la heredera de
una inmensa fortuna. Pasada con una cierta amargura su más
tierna infancia (“supe de la crueldad a los tres años,
en la guardería”), Carla tuvo una niñez rodeada
de óleos y tallas del siglo XVIII y amenizada con vacaciones
veraniegas en el castillo privado de Castagneto Po. Feliz junto a
sus hermanos Virgilio y Valeria, su primera vocación no fue
la de desfilar por las pasarelas de medio mundo, sino ser cantante.
La familia Bruni abandonó Italia intimidada por las amenazas
de secuestro por parte de las Brigadas Rojas y se estableció en
Suiza en 1973. Una vez allí, Carla fue matriculada en un internado
de élite. Durante su adolescencia, Carla vivió a caballo
entre Francia y Suiza, alternando sus estudios musicales con los
de arte y arquitectura, disciplinas que abandonó a los diecinueve
años para introducirse en el mundo de las pasarelas. Se dice
que fue su hermano Virgilio quien, enamorado de ella, la animó a
presentar un book a la agencia City Models.
En uno de sus primeros cástings fue seleccionada por la compañía
de tejanos Guess para representar su imagen de marca. El éxito
fue inmediato: en poco tiempo Carla prestó su rostro a firmas
como Givenchy, Christian Dior, Lagerfeld, Versace, Yves Saint-Laurent
y un largo etcétera. Su caché subió como la
espuma. Su fama no dejó de crecer entre 1987 y 1997, año
en que su media de ingresos superaba los 7 millones de dólares
al año entre desfiles y compromisos publicitarios. Sonado
fue su triunfo sobre Laetitia Casta para poner rostro y palmito al
eslogan de un conocido banco francés: “La inversión
más bella”.
Bruni aprovechó su tirón mediático, y además
de billetes y talones comenzó muy pronto a coleccionar amantes
famosos. Sonados fueron sus affaires con Eric Clapton y Mick Jagger.
El vocalista de los Rolling Stones llegó a fugarse a Tailandia
con Carla dejando plantada a su esposa, Jerry Hall, cuando ésta
sorprendió in fraganti a la pareja. Lo más llamativo
del asunto fue que esto sucedió a las 24 horas de nacer la
hija de Mick y Jerry, de modo que esta última decidió divorciarse
fulminantemente.
Más allá del rock, a Bruni se la relacionó con
el magnate Donald Trump, con los actores Kevin Costner y Vincent
Pérez, y con el ex primer ministro de François Mitterrand,
Laurent Fabius. Sin embargo, su noviazgo más sonado fue el
que protagonizó con el profesor de teoría económica
Raphael Enthoven, con quien llegaría a tener un hijo en 2001.
Al parecer, inicialmente Bruni mantuvo una relación con el
padre de Raphael, el editor Jean-Paul Enthoven. Al menos así lo
cuenta la anterior pareja de Raphael, la escritora Justine Lévy,
quien, según llegó a confesar en una novela, estuvo
a punto de suicidarse al conocer el affaire.
En 1996 falleció Alberto Bruni. Fue entonces cuando la madre
de Carla la sorprendió con una revelación: ella no
era hija biológica de Alberto, sino de Maurizio Remmert, con
quien la pianista había mantenido una relación extramatrimonial.
A Remmert, actualmente empresario y residente en Brasil, esta declaración
de la modelo a la revista Vanity Fair le reportaría quebraderos
de cabeza sin fin “después de toda una vida de discreción”,
según sus propias palabras.
Al llegar el año 2000, cansada de las pasarelas, Bruni decidió dar
un giro a su carrera y convertirse en cantante. La reacción
de la prensa, conocedora de tantas incursiones de top models en el
mundo de la música, fue de un escepticismo bastante comprensible.
Sin embargo, y contra todo pronóstico, la turinesa, inteligentemente
asesorada en lo visual y en lo musical, optó por seguir un
estilo marcadamente cool e intimista, heredado de la chanson française.
El primer trabajo discográfico de la Bruni, aparecido en 2002,
fue Quelqu’un m’a dit, producido por Louis Bertignac,
antiguo componente del grupo Telephone y, cómo no, ex amante
de Carla. El álbum, sin ser una obra maestra, estaba bien
concebido tanto en lo conceptual como en lo interpretativo, y la
crítica se sorprendió dispensándole francos
elogios. La mayoría de los temas venían firmados por
la propia ex modelo. Las ventas fueron arrasadoras sin prácticamente
ninguna promoción por parte de la discográfica.
En 2006 Carla tuvo que enfrentarse a la dramática noticia
de la muerte de su hermano Virgilio; 2007 fue en cambio un año
memorable para la cantante. En enero apareció su segundo disco,
No promises. Esta vez la chanson dejó paso al pop en un trabajo
en el que prácticamente todos los temas eran poemas ajenos
(de clásicos como Yeats, Auden o Dickinson) musicados por
la artista.
El 16 de mayo de ese año Nicolas Sarkozy accedía a
la presidencia de la República Francesa. Y en la que acaso
fue su segunda decisión como mandatario (la primera, unánimemente
criticada, fue plantar a sus seguidores y votantes celebrando en
privado la victoria presidencial en el yate privado del empresario
Vincent Bolloré), a los pocos días acudió a
una cena orquestada por el secretario general de la Presidencia,
Claude Guéant, a la que, entre otros invitados, asistía
Carla Bruni. Según otra versión de los hechos, la “chispa” entre
Sarkozy y Bruni pudo haberse encendido cuando ésta visitó el
Palacio del Elíseo en calidad de representante de las discográficas,
con la finalidad de discutir un acuerdo para regularizar los derechos
de estas empresas ante la amenaza de las descargas por Internet.
Sea como fuere, a los pocos días de la elección presidencial
y sólo dos meses después de la ruptura del anterior
matrimonio de Sarkozy, la pareja hizo pública su relación.
El 2 de febrero de 2008 la RTL anunciaba el enlace matrimonial Sarkozy-Bruni
en una ceremonia celebrada en el Palacio del Elíseo de París.
La noticia sorprendió a quienes sabían del ascendente
gauche divine de la familia Bruni y de la íntima amistad de
la rica heredera con la candidata socialista Ségolène
Royal.
La relación con Sarkozy no ha alterado la admiración
de los fans de Bruni, quienes respiraron aliviados cuando la primera
dama presentó su tercer disco. El título, Comme si
de rien n’était, dio pie a todo tipo de especulaciones.
A pesar del interés de muchos por encontrar en los textos
alguna referencia al idilio presidencial, las ventas fueron muy inferiores
a las previstas. Pero tenía razón la Bruni, no pasaba
nada. En mayo, un multimillonario chino pagó 91.000 dólares
por el original de una fotografía tomada en 1993 en la que
la bella turinesa aparecía desnuda. La belleza y la elegancia
de la instantánea no justificaban en absoluto el desembolso,
que patentiza de modo harto significativo la conversión de
la primera dama francesa en un icono social de tremendo impacto mediático.
Acontecimientos como éste, o declaraciones como la realizada
en una entrevista a la BBC (“A los treinta amantes quizá no
haya llegado, pero... tengo un pasado”), no fueron óbice
para que el papa Benedicto XVI mantuviera en septiembre una reunión
oficial con ella y con su esposo (casado en terceras nupcias, por
cierto), en un intento desesperado de la Iglesia católica
francesa por reverdecer laureles en un territorio crecientemente
aconfesional. A la primera dama no la intimidan los flashes ni los
rumores, a los que lleva décadas acostumbrada. Tras su matrimonio,
se declaró feliz en su papel y privilegiada por la vida que
había llevado hasta el momento, y manifestó su intención
de tener hijos con Sarkozy y de seguir su carrera musical, aunque
abandonando los escenarios.
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