Los ejércitos de todo el mundo estarían medio vacíos
si no fuese por Rambo. En los años 80, Sylvester Stallone representó un
verdadero símbolo para los adolescentes que alucinaban con las "Nike
Air Jordan", la primera consola de videojuegos Atari, las moquetas
de break dance y una guerra de la que no sabían nada pero que mitificaron
en sus cerebros de generación X: Vietnam.
Pero a Stallone no le debemos solamente la "contribución" que
hizo al mundo con sus melenas, su colgante apretao, marcando tetillas y
matando exactamente a 149 vietnaminas comunistas con un fusil AK-47, un
cuchillo con más dientes que un cocodrilo, y poco más. Rocky
Balboa es también hijo suyo. El semental italiano ha sido uno de
los ejemplos cinematográficos más apropiados del triunfo del
inmigrante en Estados Unidos: tu también puedes empezar de corta
carne y acabar de campeón del mundo de los pesos pesados. A los fieles
seguidores de Stallone siempre se les humedecerán los ojos al oír
el mítico "Adrian, no me siento las piernas" o la consigna
medio patriótica medio de súplica de "Esta es mi guerra",
con la que un lloroso Johny Rambo pedía al coronel Trautman que le
hiciese de papá. Es curioso, hasta casi diez años después,
no he visto salir de la boca torcida de Sly -de hecho, sus guiones han sido
siempre de tres o cuatro paginillas otro comentario político: "Vuestra
sociedad fascista me da asco" (Demolition Man).
A pesar de los favores que le hizo a Ronald Reagan, reportándole
un montón de reclutas ilusionados, lo curioso es que Silvester
Stallone no es italiano, es de Nueva York. Fue su padre Frank
(que era peluquero, mientras que su madre era astróloga y promotora de lucha libre) quien
inmigró desde Sicília. Expulsado de once
colegios, de pequeño
era un enamorado de los cómics y, como casi todos los adolescentes,
tuvo una crisis existencial porque no sabía a qué quería
dedicarse. Meditó dónde estaba su talento estando de vacaciones
en alguna playa de la Costa Brava. En Suiza, estuvo dos años en
el "American
College" de Ginebra, donde se pagó las clases de interpretación
haciendo de monitor de gimnasia para chicas.
Luego volvió a USA y se matriculó en la Universidad de Miami.
A falta de pocos créditos para terminar, deja la carrera impaciente
para probar suerte. Pero empieza bastante mal y allá por 1973 le
habían echado de todas las agencias de cásting de Nueva York.
No querían ni sus guiones ni su careto. Al año siguiente llegó su
primera oportunidad con un papel superior al de típico "chupacámaras":
la película de adolescentes rebeldes "The Lords of Flatbush".
Con 29 años se encuentra en la meca del cine, esperando triunfar,
casado, con una mujer embarazada y con tan sólo cien dólares
en el banco. Hasta el momento, sólo había intervenido en una
serie de televisión y había conseguido seis pequeños
papeles en seis películas de baja calidad. Nadie da un duro por él.
Cada vez está más hundido al ver que la historia que le tenía
que llevar hasta la fama no llegaba.